Evitar la distopía
EDITORIAL

Evitar la distopía

De no mediar una solución al conflicto en Medio Oriente, podríamos enfrentar escenarios que no se observan desde las guerras mundiales, e incluso anteriores.


Gustavo Yentzen Wilson, Director Vision Magazine

Corría 1980, lo recuerdo bien. Tenía nueve años y, a escondidas, vi en la televisión la película Mad Max (disclaimer: a esa edad, definitivamente, no debería haberla visto).

La cinta, filmada en Australia y protagonizada por un joven Mel Gibson, retrataba un mundo distópico, desértico y profundamente violento: un escenario donde el orden social se había desintegrado y las carreteras eran dominadas por bandas de motociclistas en permanente disputa por recursos básicos como el agua y el combustible. Una película que, con el tiempo, se transformó en obra de culto y que, de alguna manera, dejó una huella en toda una generación.

En las últimas semanas, hemos visto las implicancias de la guerra en Irán y del cierre del Estrecho de Ormuz en el aumento de los costos de los combustibles. Entre los países más afectados por la falta de petróleo, curiosamente, se encuentra Australia, con estaciones de servicio desabastecidas, empresas de logística enfrentando fuertes alzas en sus costos operacionales y advertencias sobre eventuales racionamientos si el conflicto se prolonga.

En ese contexto, Hamish McIntyre, presidente de la National Farmers Federation —la principal organización del sector agrícola de ese país—, hizo un llamado urgente al gobierno a considerar la agricultura como un sector crítico, a fin de asegurar planes especiales de abastecimiento que permitan resguardar la producción.

Lo preocupante de un eventual desabastecimiento agrícola en Australia es que no se trata de un fenómeno aislado. Más bien, puede entenderse como un aviso de situaciones que podrían repetirse en otros países bajo condiciones similares.

A esto se suman las reacciones de las empresas de transporte, tanto a nivel local como internacional. Aerolíneas como Cathay Pacific, Qantas Airways, Air France–KLM y British Airways han anunciado recortes de vuelos y la aplicación de recargos por combustible. Una situación similar se observa en las compañías navieras, muchas de las cuales han incorporado cargos adicionales, encareciendo el transporte de bienes, incluidos los alimentos.

También está el incremento en los costos de los principales fertilizantes, como la urea y los nitratos, cuya producción depende del gas natural, un insumo que ha seguido la misma trayectoria alcista del petróleo. Diversos estudios señalan que, desde el inicio del conflicto, los precios de los fertilizantes han aumentado entre un 20% y un 40%. En la misma línea, un informe publicado a comienzos de abril indica que el 70% de los agricultores estadounidenses considera que los actuales niveles de precios les impedirán adquirir la cantidad de fertilizante que necesitan.

En nuestra industria, a diferencia de los bienes no alimentarios, es importante comprender que el aumento de costos no solo implica mayores precios y presión sobre los mercados y consumidores, sino que también puede derivar en problemas más complejos, como la dificultad para asegurar el abastecimiento de alimentos para la población. Sin embargo, pareciera que los gobiernos no han dimensionado plenamente el desafío social que comienza a configurarse. De no mediar una solución al conflicto en Medio Oriente, podríamos enfrentar escenarios que no se observan desde las guerras mundiales, e incluso anteriores.

Queda esperar que los países involucrados encuentren caminos de entendimiento y que logremos evitar aproximarnos a escenarios distópicos que, aunque hoy parezcan propios de la ficción —como los retratados en Mad Max—, podrían volverse progresivamente más plausibles.

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