La industria mundial de bebidas alcohólicas atraviesa una transformación profunda, enfrentando un desafío estructural junto a factores coyunturales que la están obligando a redefinir su estrategia productiva, comercial y de consumo.
Durante el Covid, el consumo de alcohol en el mundo aumentó y muchas viñas y casas de destilados incrementaron fuertemente su producción. Al concluir la pandemia se produjo un efecto péndulo, donde el cuidarse y tener una vida más sana se pusieron de moda. Los consumidores tomaron conciencia del impacto del consumo de alcohol en la salud y comenzaron a beber menos.
Se suma a lo anterior que la generación Z —menores de 30 años hoy— bebe bastante menos que sus mayores. Curiosamente, estas generaciones poseen una menor dependencia del alcohol para validar su estatus social. Dicho de otra manera, sienten menos presión de su entorno para consumir alcohol. No tomar también puede ser cool… El nuevo concepto que se impone a los Z y a los consumidores en general es: NOLO (No or Low Alcohol).
La industria del alcohol ha reaccionado rápidamente, arrancando viñedos, reduciendo la producción y los stocks, y despidiendo parte de su staff, entre otras medidas para disminuir costos. Desde una perspectiva comercial, además, ha diversificado su oferta, generando vinos orgánicos, potenciando vinos y destilados premium e incorporando vinos sin alcohol o con menor contenido alcohólico, como el rosé. Hoy incluso se comienza a hablar del whisky sin alcohol. Oh Lord!
En paralelo, la industria de la cereza en Chile concluye una segunda temporada de magros resultados. Algunas voces, erróneamente, hablan de un problema estructural. Pero lo cierto es que, si bien ambos sectores —alcoholes y cerezas— enfrentan desafíos, las causas son muy distintas.
En la industria mundial del alcohol, el cambio definitivamente es estructural: el consumo se reduce, impulsado por la conciencia de salud. Nada que hacer: es el consumidor quien dice “quiero menos” o “no quiero”. En contraste, y como sostiene en esta edición el mayor productor de cerezas del mundo, Hernán Garcés, la industria de la cereza atraviesa un punto de inflexión. Tras años de crecimiento extraordinario, los desafíos no vienen de cambios en los hábitos de consumo, sino de factores externos: una economía china más lenta, saturación del mercado y un consumidor mucho más exigente. “Hoy no puedo pagarlo” o “puedo pagarlo, pero lo quiero de mejor calidad”. Not the same!
La cereza chilena sigue siendo un producto premium, codiciado y con potencial de expansión, pero exigirá estrategias más finas de calidad, consistencia y construcción de marca para mantener su liderazgo. Pero sí hay una lección que une a ambas industrias: ni el éxito del pasado ni la calidad garantizan los resultados futuros. Quienes perduren serán los que logren reinventarse antes de que el mercado los obligue a hacerlo.

