¿Puede la edición genética ganarse la confianza del consumidor?
GENÉTICA

¿Puede la edición genética ganarse la confianza del consumidor?

A medida que las nuevas tecnologías de mejoramiento genético se acercan a los supermercados, los estudios de mercado sugieren que la aceptación dependerá menos de la ciencia en sí que de si los consumidores perciben beneficios claros y tangibles.


Por Karina Gallardo, Universidad Estatal de Washington

En momentos en que la agricultura se enfrenta a la presión de producir más con menos recursos, la edición genética se ha consolidado como una herramienta prometedora. Tecnologías como CRISPR permiten a los científicos realizar cambios precisos en plantas y animales, mejorando el sabor, reduciendo insumos e incluso abordando las preocupaciones sobre el bienestar animal. Sin embargo, el éxito de estas innovaciones depende en última instancia de un factor que suele ser menos predecible que la propia ciencia: la respuesta de los consumidores.

Lo que observamos en diversos estudios es que los consumidores no reaccionan a la edición genética de forma aislada. Más bien, la evalúan desde la perspectiva de sus elecciones alimentarias cotidianas.

Cuando las personas compran productos frescos como la fruta, sus decisiones se basan principalmente en la experiencia de consumo: sabor, textura y calidad general. Que estas características se logren mediante el mejoramiento genético convencional o mediante tecnologías más recientes suele ser secundario.

De hecho, al medir las diferencias en la disposición a pagar, la penalización aplicada a los productos modificados genéticamente suele ser pequeña y, en muchos casos, económicamente insignificante. Esto sugiere que, en la práctica, los consumidores no rechazan la tecnología a priori, sino que priorizan los resultados que pueden experimentar directamente.

Dicho esto, la aceptación no es uniforme en toda la población. Algunos consumidores siguen siendo escépticos y a menudo consideran la edición genética indistinguible de otras formas de modificación genética. Para este grupo, las preocupaciones se centran menos en el producto específico y más en percepciones más generales: si la tecnología es natural, segura o éticamente aceptable. Al mismo tiempo, otros consumidores son más receptivos, sobre todo cuando la tecnología ofrece beneficios claros. Esta variación subraya un punto importante: la percepción pública no es fija ni se mueve en una sola dirección.

Uno de los hallazgos más consistentes de las investigaciones es el papel de la información. Cuando se presentan a los consumidores beneficios concretos y relevantes, sus respuestas cambian. Por ejemplo, en el caso de productos de fruta procesada como el jugo de arándanos, la edición genética puede utilizarse para reducir el contenido de azúcar manteniendo el sabor. Cuando se explicitan estos atributos relacionados con la salud, los consumidores tienden a centrarse más en el beneficio —como un menor contenido de azúcar— que en el método genético en sí. En algunos casos, la ventaja percibida compensa la reticencia inicial hacia la tecnología.

Un patrón similar surge al considerar los resultados ambientales y relacionados con la producción. A medida que aumenta la conciencia sobre temas como el uso de pesticidas, el estrés climático o la escasez de recursos, los consumidores se muestran más receptivos a las innovaciones que abordan estos desafíos. Esto es particularmente relevante en los cultivos especializados (specialty crops), donde los riesgos de producción son altos y los atributos de calidad están estrechamente ligados a las condiciones ambientales. Cuando la edición genética se presenta como parte de un esfuerzo más amplio para mejorar la sostenibilidad, la resistencia tiende a disminuir.

Sin embargo, este cambio tiene sus límites. Cuando los beneficios son menos visibles o no están tan directamente vinculados a la experiencia del consumidor, el escepticismo puede persistir. La investigación sobre productos lácteos ilustra esta tensión. Incluso cuando la edición genética se utiliza para mejorar el bienestar animal —como prevenir prácticas dolorosas en el ganado—, los consumidores aún pueden desconfiar de estos productos, especialmente cuando el método de producción está explícitamente etiquetado. En estos casos, la presencia de la etiqueta en sí misma puede generar preocupación, independientemente del beneficio subyacente.

En definitiva, la cuestión no radica simplemente en si las personas aceptan o rechazan la edición genética. Más bien, la aceptación depende de cómo la tecnología se relaciona con los resultados que los consumidores valoran, cómo se comunica la información y cuánta confianza depositan en las fuentes que la proporcionan.

Es importante destacar que los estudios aquí citados evaluaron productos hipotéticos presentados en encuestas; las uvas de mesa, los productos de arándano y la leche de vacas modificadas genéticamente mediante CRISPR no están disponibles comercialmente en la actualidad.

Para los investigadores, los actores de la industria y los responsables políticos, esto tiene implicaciones prácticas. Los esfuerzos para promover nuevas tecnologías tienen más probabilidades de éxito cuando se centran en beneficios tangibles —mejor sabor, mejor nutrición, menor impacto ambiental— en lugar de los detalles técnicos de cómo se logran dichos beneficios. Al mismo tiempo, la comunicación clara y transparente sigue siendo fundamental, especialmente para abordar las preocupaciones y los conceptos erróneos persistentes.

En definitiva, cambiar la percepción pública de la biotecnología no se trata de persuadir a los consumidores para que adopten la ciencia por sí misma, sino de alinear la innovación con los valores y las prioridades que dan forma a las decisiones alimentarias cotidianas.

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