Cuando prevenir se vuelve más rentable que reclamar
LOGÍSTICA

Cuando prevenir se vuelve más rentable que reclamar

¿Por qué seguimos destinando tantos recursos a gestionar las consecuencias de los problemas y tan pocos a identificar las señales que los anticipan?


Por Rafael Guarda - Abogado especialista en gestión de riesgos

Mientras un contenedor de fruta navega hacia un mercado ubicado a miles de kilómetros de distancia, muchas cosas pueden cambiar. El precio que justificó una venta puede caer. Un mercado atractivo puede comenzar a saturarse. Un puerto puede acumular retrasos inesperados. Una ruta que históricamente ofrecía buenos resultados puede empezar a mostrar señales de deterioro. Lo interesante es que estos cambios rara vez ocurren de manera repentina. Normalmente se desarrollan de forma gradual, dejando una huella en la cadena logística.

El problema es que esas señales suelen quedar dispersas. Parte de la información está en correos electrónicos, otra en planillas Excel, otra en los sistemas de seguimiento de las navieras, otra en reportes internos y otra en conversaciones que se producen día a día entre exportadores, operadores logísticos y clientes. Cuando finalmente alguien logra conectar todas las piezas, muchas veces el problema ya se materializó y las alternativas para reaccionar son considerablemente menores.

La agroexportación ha aprendido a convivir con esta realidad. Durante décadas ha desarrollado una notable capacidad para responder frente a los problemas. Seguros, peritajes, reclamos, negociaciones con transportistas, análisis de pérdidas y planes de contingencia forman parte habitual del negocio. Son herramientas necesarias y seguirán siendo importantes. Sin embargo, existe una pregunta que cada vez cobra más fuerza: ¿por qué seguimos destinando tantos recursos a gestionar las consecuencias de los problemas y tan pocos a identificar las señales que los anticipan?

Como asesor logístico y gestor de riesgos, he participado durante años en procesos de recuperación asociados a retrasos, problemas de temperatura, daños a la carga e incumplimientos operacionales. Esa experiencia me ha permitido observar algo que muchas veces pasa inadvertido: incluso cuando un reclamo termina favorablemente, rara vez devuelve todo lo que realmente se perdió.

Existe una diferencia importante entre la responsabilidad legal y el impacto económico de un evento. Una pérdida puede ser recuperable mediante una indemnización, una póliza de seguro o un acuerdo comercial. Sin embargo, eso no significa que el negocio haya quedado indemne. Los mercados evolucionan, los clientes ajustan sus decisiones y la competencia aprovecha cualquier espacio que queda disponible. Hay consecuencias que simplemente no aparecen reflejadas en una liquidación ni en una transferencia bancaria.

Por esa razón, el mayor retorno económico no suele encontrarse en recuperar una pérdida, sino en evitar que ocurra. Y aquí es donde la conversación deja de ser jurídica para transformarse en una discusión sobre información, visibilidad y capacidad de anticipación.

Existe además un aspecto que pocas veces se analiza. Históricamente, la agroexportación ha evaluado sus resultados embarque por embarque. Si un contenedor llega bien, el resultado se considera positivo. Si llega tarde o presenta problemas, se analiza como una excepción. Sin embargo, muchos de los riesgos más relevantes no aparecen al observar una operación individual, sino cuando se analizan decenas o cientos de embarques en conjunto.

Una demora aislada puede ser una anécdota. Varias demoras similares en una misma ruta durante un período determinado pueden transformarse en una tendencia. Un tiempo de tránsito superior al habitual puede no significar nada por sí solo. Pero cuando esa situación comienza a repetirse de manera sistemática, la lectura cambia completamente. El desafío ha sido siempre el mismo: identificar esos patrones requiere una capacidad de análisis que pocas organizaciones pueden desarrollar de forma manual y consistente.

ANTICIPAR EL RIESGO

Durante muchos años la agroexportación operó con información fragmentada. Cada área administraba sus propios datos y construía sus propios reportes. Operaciones observaba una parte del proceso, comercial otra, logística una distinta y la gerencia intentaba tomar decisiones utilizando piezas dispersas de un mismo rompecabezas. El problema nunca fue la falta de información. De hecho, hoy existe más información disponible que en cualquier otro momento. La verdadera dificultad ha estado en transformarla en conocimiento útil cuando todavía existe margen para actuar.

Es precisamente en ese espacio donde la inteligencia artificial comienza a encontrar un rol concreto y valioso. No como una moda tecnológica ni como una promesa futurista, sino como una herramienta capaz de analizar grandes volúmenes de información y transformarlos en señales comprensibles para quienes deben tomar decisiones.

Una ruta que acumula retrasos de forma recurrente, un puerto que comienza a evidenciar mayores niveles de congestión, un mercado que recibe volúmenes superiores a los habituales o un operador logístico cuyo desempeño empieza a deteriorarse pueden parecer situaciones aisladas. Sin embargo, cuando se observan de manera conjunta, muchas veces permiten anticipar riesgos que de otra forma solo serían visibles cuando ya es demasiado tarde.

Lo importante es entender que la inteligencia artificial no genera valor por sí sola. El valor aparece cuando ayuda a tomar mejores decisiones. Durante años las empresas han utilizado los datos para explicar lo que ocurrió. Más recientemente comenzaron a utilizarlos para entender por qué ocurrió. El siguiente paso consiste en utilizar esa información para anticipar lo que podría ocurrir y actuar antes de que un riesgo se materialice.

Eso puede significar modificar una ruta, ajustar una programación, priorizar determinados embarques, anticipar conversaciones con clientes o replantear una estrategia comercial antes de que el mercado cambie. En muchos casos, la diferencia entre una buena decisión y una mala decisión no depende de tener más información, sino de contar con ella en el momento adecuado.

Lo interesante es que el alcance de estas herramientas va mucho más allá del transporte. Con frecuencia se asocia la inteligencia artificial únicamente a la logística, cuando en realidad su potencial puede extenderse a gran parte del proceso exportador.

La inteligencia artificial no reemplazará al gerente comercial, al gerente de operaciones, al productor ni al cosechero. La experiencia acumulada durante años seguirá siendo uno de los activos más importantes de cualquier empresa. Ningún sistema conoce un huerto mejor que quien trabaja en él todos los días. Ninguna plataforma puede reemplazar el conocimiento que un productor tiene sobre sus variedades, sus rendimientos o las particularidades de sus mercados.

Lo que sí puede hacer es complementar esa experiencia con una capacidad de análisis que hasta hace poco simplemente no existía. Puede ayudar a identificar qué mercados presentan mejores condiciones, qué rutas muestran mayores niveles de cumplimiento, qué programas logísticos están funcionando mejor o cuáles comienzan a mostrar señales de alerta. Incluso puede transformarse en un insumo adicional para decidir dónde exportar, cómo distribuir los volúmenes disponibles e incluso cuándo cosechar determinadas partidas para maximizar sus posibilidades comerciales.

Durante décadas muchas decisiones se tomaron principalmente sobre la base de experiencia, intuición y conocimiento acumulado. Es probable que las empresas más exitosas del futuro sigan apoyándose en esos mismos elementos. La diferencia es que ahora podrán complementarlos con una capacidad mucho mayor para interpretar información, identificar tendencias y proyectar escenarios antes de comprometer recursos.

La agroexportación seguirá enfrentando incertidumbre. El clima, los mercados, las condiciones logísticas y los factores geopolíticos continuarán generando escenarios imposibles de controlar completamente. La incertidumbre no desaparecerá. Lo que está cambiando es la capacidad de observarla con mayor anticipación y de responder con mejores herramientas.

Quizás ahí se encuentre uno de los cambios más relevantes que enfrenta hoy el sector. Durante décadas nos hemos especializado en administrar problemas una vez ocurridos. Hemos perfeccionado procesos de reacción, negociación y recuperación. Sin embargo, el desafío de los próximos años parece ser distinto. Consiste en desarrollar la misma capacidad para identificar señales tempranas y actuar antes de que esos problemas aparezcan.

Las empresas que lideren esta nueva etapa probablemente no serán aquellas que acumulen más datos ni las que incorporen más tecnología. Serán aquellas capaces de transformar información dispersa en decisiones más inteligentes. Las que aprendan a identificar tendencias antes de que se conviertan en problemas. Las que comprendan que la prevención no es un costo adicional, sino una inversión destinada a proteger márgenes, relaciones comerciales y oportunidades futuras.

Durante años la industria perfeccionó el arte de reaccionar. El próximo desafío consiste en perfeccionar la capacidad de anticiparse. Y quizás ahí se encuentre una de las mayores oportunidades de rentabilidad que enfrenta hoy la agroexportación.

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