Durante años, en sostenibilidad se instaló una idea que parecía incuestionable: el dato mata el relato. Como si bastara con cifras y reportes para demostrar compromiso. Como si la evidencia, por sí sola, fuera capaz de convencer, movilizar y construir confianza. Pero la experiencia nos está enseñando otra cosa: los datos son imprescindibles, pero si no se traducen en un relato claro, cercano y creíble, difícilmente logran convocar. Y el desafío no es elegir entre uno u otro, sino avanzar hacia algo más sofisticado: el relato con dato.

El gremio de los productores de palta en Chile ofrece un ejemplo interesante de este tránsito. En 2021, Paltas de Chile decidió asumir la sostenibilidad no como un discurso, sino como una hoja de ruta concreta, con metas, indicadores y seguimiento. Fue un paso clave: pasar de iniciativas dispersas a un esfuerzo ordenado, colectivo y progresivo. Y lo más relevante es que ese camino permitió generar avances medibles en ámbitos tan diversos como el ambiental, el social y la gobernanza, dando contenido real a una temática que muchas veces queda atrapada en declaraciones generales.
Los números hablan —y hablan bien—. En lo ambiental, las iniciativas para el uso de energías renovables dentro del gremio crecieron de un 21% a un 79%, uno de los saltos más significativos del proceso. Al mismo tiempo, la adopción de metas para reducir el consumo de agua aumentó de un 42% a un 76%, mostrando una gestión hídrica más planificada y alineada con los desafíos del territorio. En lo social, los programas de capacitación pasaron de un 45% a un 72%, reflejando una inversión creciente en el desarrollo de las personas, mientras que los planes formales de relacionamiento con comunidades subieron de un 34% a un 63%, evidenciando vínculos más estructurados con el entorno. Y en gobernanza, los avances también son claros: los canales formales de denuncias pasaron de un 21% a un 66%, y las políticas o códigos ambientales para proveedores crecieron de un 10% a un 55%, extendiendo la sostenibilidad a toda la cadena de valor.
Sin embargo, aquí está el punto clave: estos datos son condición necesaria, pero no suficiente. Si se quedan en tablas o planillas electrónicas, corren el riesgo de ser interpretados por pocos y de perder su potencial transformador. La sostenibilidad no solo necesita ser medida; necesita ser comprendida. Y para eso, necesita relato. Un relato que conecte los avances con un propósito, que explique el porqué de las decisiones, que haga visible el esfuerzo colectivo y que invite a otros a ser parte.
Pasar al “relato con dato” implica justamente eso: construir una narrativa que no maquille la realidad, sino que la traduzca. Que sea capaz de mostrar progreso sin negar los desafíos pendientes. Que genere confianza no por lo que promete, sino por lo que demuestra. En el caso del gremio paltero, la hoja de ruta no solo ordenó la acción, sino que abrió la puerta a contar una historia distinta: una en que la sostenibilidad deja de ser una exigencia externa y pasa a ser una decisión estratégica compartida.
Esto es especialmente relevante en un contexto donde los mercados internacionales, los consumidores y los reguladores ya no se conforman con declaraciones. Quieren evidencia, pero también coherencia. Y la coherencia se construye cuando los datos tienen sentido dentro de una historia comprensible. Una historia que permita entender cómo un sector evoluciona, cómo aprende y cómo se hace cargo de sus impactos.
El aprendizaje es claro: medir importa, y mucho. Sin métricas no hay gestión, y sin gestión no hay avance. Pero también es cierto que, sin un relato que articule esos datos, es difícil escalar los esfuerzos, atraer nuevos actores o fortalecer la legitimidad social. La sostenibilidad requiere ambos planos: la prolijidad de la medición rigurosa y la creatividad de una narrativa que convoque.
El desafío hacia adelante es, entonces, profundizar este equilibrio. Seguir fortaleciendo los sistemas de seguimiento, ampliando la base de productores que se suman a los compromisos y elevando los estándares. Y quizás ahí radica lo más valioso de este proceso. No solo en los porcentajes que mejoran año a año, sino en la posibilidad de construir una historia compartida que haga sentido hacia adentro y hacia afuera. Una historia que no solo responda preguntas, sino que genere convicción. Porque al final, no basta con mostrar que algo está cambiando; lo verdaderamente transformador es lograr que más quieran ser parte de ese cambio.

