Yo nací en 1950, en pleno auge de la llamada Revolución Verde. Pasó frente a mis ojos sin que entonces fuera consciente de ello. Cuando uno es niño, da por naturales las cosas extraordinarias que ocurren a su alrededor. Y mi alrededor era ese paraíso terrenal llamado Hacienda San José, en Chincha, al sur de Lima.
Jamás olvidaré a mis entrañables amigos chinchanos de la infancia, a los caballos y mulas de la hacienda —yo mismo fui amansador de mulas— y a aquellos hermosos campos de algodón que parecían no tener fin.
Don Fermín Tangüis (1851-1932) era una celebridad mundial de la agricultura algodonera. Don Teodoro Boza (1907-1989) tampoco se quedaba atrás. Como ellos, el Perú tuvo grandes agricultores del algodón y de la caña de azúcar, protagonistas de una época en que el campo peruano ocupaba un lugar destacado en el mundo.
La Revolución Verde se sustentó en el desarrollo de semillas más resistentes, la mecanización de las labores agrícolas y el uso de fertilizantes y plaguicidas. Gracias a ello, la productividad agrícola mundial aumentó de manera extraordinaria.

Lamentablemente, en el Perú ese proceso se vio interrumpido por la malhadada Reforma Agraria impulsada por el dictador Juan Velasco Alvarado. El resultado fue el deterioro de buena parte de la agricultura nacional durante las décadas de 1970 y 1980, un período que dejó profundas secuelas económicas y sociales en el campo peruano. Fueron veinte años de destrucción y pauperización del agro peruano, dos décadas de precariedad y empobrecimiento de campesinos y trabajadores.
Mientras nuestro país atravesaba esos años difíciles, en los desiertos de Israel comenzaba a desarrollarse otra revolución silenciosa: la del fertirriego.
Para entonces yo ya tenía conciencia de lo que ocurría a mi alrededor. Durante mi adolescencia tuve el privilegio de conocer los primeros sistemas de riego y fertilización tecnificada: agua y nutrientes aplicados directamente a las raíces mediante mangueras y goteros, con precisión y eficiencia impensadas para la época. Aquello, definitivamente, era tecnología de vanguardia.
Pocos años después —gracias a Dios— la Reforma Agraria de Velasco llegó a su fin. A partir de la década de 1990, el Perú retomó su vocación agrícola y comenzó a construirse lo que hoy se conoce en todo el mundo como “el milagro agrícola peruano”.
Si la Revolución Verde logró duplicar o triplicar la productividad agrícola, la revolución del fertirriego la multiplicó varias veces más.
Yo puedo dar fe de ello. En Ica existen viñedos tradicionales que producen entre 10 y 20 toneladas por hectárea. A pocos metros de distancia, viñedos tecnificados alcanzan entre 60 y 70 toneladas por hectárea. La diferencia es abrumadora. Y la explicación está, en gran medida, en la tecnología.
Pero el desarrollo tecnológico no se detuvo allí.
En los últimos años hemos sido testigos de una nueva transformación: la revolución genética vegetal. Nuevas variedades capaces de producir más, resistir mejor, ofrecer una experiencia superior al consumidor y generar mayor valor para toda la cadena productiva.
Cuando las variedades tradicionales de arándanos (Biloxi) y uvas de mesa (Flame, Thompson, Crimson y Red Globe) hacían agua y comenzaban a perder competitividad, surgieron nuevas alternativas que redefinieron el negocio. En arándanos aparecieron —como milagros divinos— Ventura, Sekoya Pop, Plablue y otras variedades de última generación. En uva de mesa en tanto, nombres como Sweet Globe, Autumn Crisp o Allison marcaron el inicio de una nueva era.
El Perú le debe mucho a los científicos que hicieron posible esta revolución genética. Pero también a una nueva generación de agricultores peruanos —jóvenes brillantes— que ha sabido adoptar y gestionar estas innovaciones con una visión empresarial extraordinaria.
Debo confesar que, habiendo conocido de niño la mejor agricultura algodonera de su tiempo, jamás imaginé ver algo comparable a la súper agricultura peruana del presente: arándanos cultivados en macetas con sustratos especializados; agricultura protegida bajo plástico y mallas; iluminación artificial para optimizar el desarrollo de los cultivos; sistemas de ósmosis inversa para desalinizar agua; energía solar para operar sistemas de riego en zonas remotas; producción de alto rendimiento en desiertos y laderas de cerros que antes parecían improductivas.
¡Nuestros agricultores modernos son unos fuera de serie!
Y a ello se suma la revolución digital: sistemas satelitales de teledetección, drones que aplican agroquímicos, tractores a control remoto, estaciones meteorológicas y sensores de humedad bajo tierra que activan automáticamente sistemas de fertirriego, sensores de colores para la selección y empacado de frutas, robótica e Inteligencia Artificial aplicada a todo tipo de faenas agrícolas.
Quien crea que la agricultura es una actividad tradicional y ajena a la innovación simplemente no ha observado lo que ocurre hoy en los campos peruanos.
Gracias a la suma de todas estas transformaciones —la Revolución Verde, el fertirriego, la genética vegetal y la revolución digital— el Perú ha logrado convertirse en una potencia agroexportadora reconocida en el mundo entero. Pero el verdadero milagro no radica únicamente en las toneladas exportadas ni en los rankings internacionales. Radica en haber demostrado que la riqueza agrícola de un país no depende solamente de la calidad de sus suelos o de la generosidad de su clima, sino de su capacidad para incorporar conocimiento, ciencia y tecnología.
La historia reciente del agro peruano deja una lección que trasciende a la agricultura: las naciones prosperan cuando apuestan por la innovación y el talento de su gente. Porque, al final, los frutos más valiosos no son los que cosechamos en los campos, sino los que nacen cuando el conocimiento logra transformar una realidad que parecía imposible de cambiar.

