Llevo más de veinte años recorriendo el agro en Chile, Perú y Ecuador, sentándome con dueños, directores, gerentes y administradores de campos de todos los tamaños. Y hay una conversación que se repite cada vez más, en cada campo, en cada empresa y en general en todos los países: ¿quién va a trabajar la tierra en diez años más?
No es una pregunta menor.
Es LA pregunta. Durante décadas el campo se sostuvo sobre un modelo simple: mano de obra abundante, experiencia que se heredaba de abuelo a padre y de padre a hijo, y un administrador que dirigía porque había nacido y crecido en el campo forjando su oficio. Ese modelo funcionó, pero se está acabando, y los que no lo vean a tiempo simplemente van a desaparecer. Suena duro, suena difícil, pero es la realidad.

LA MANO DE OBRA YA NO ES UN PROBLEMA DE TEMPORADA
Antes uno hablaba de escasez de trabajadores como algo puntual. Un mal año, una temporada apretada. Hoy me atrevería a decir que es estructural, y lo vemos en terreno todas las semanas.
Las nuevas generaciones no quieren las faenas estacionales y físicamente exigentes que sostenían el campo. No es flojera, es otra realidad: porque existen opciones más “entretenidas”, más rápidas e incluso mejor remuneradas, y por eso las toman. El resultado es una brecha que crece año a año entre lo que el sector necesita y lo que el mercado local ofrece.
Hay tres variables que para mí son vitales y que van a definir quién trabaja el campo en 2035: la irrupción de la IA y la automatización, la baja natalidad y las regulaciones en migración. No las miro por separado, porque en la práctica empujan todas hacia el mismo lado.
1. LA IA Y LA AUTOMATIZACIÓN: MENOS PALA, MÁS DATOS
La tecnología va a cambiar el trabajo, no a eliminarlo. Esa es la parte que mucha gente entiende al revés. Lo que va a hacer es sacar la tarea repetitiva y pedir, a cambio, gente capaz de operar maquinaria, leer datos y manejar sistemas. Riego tecnificado, sensores, drones, automatización, trazabilidad, inteligencia artificial aplicada a la gestión. Sí, suena a folleto, lo sé. Pero el cambio de fondo es uno solo y es profundo: pasamos de decidir por experiencia a decidir por datos.
Acá vale la pena detenerse en los plazos. Todo indica que, tarde o temprano, los robots terminarán cosechando los campos del mundo, y Latinoamérica no será la excepción. La pregunta no es si ocurrirá, sino cuándo. Yo lo sitúo en un horizonte de entre doce, quince o incluso veinte años. Antes será necesario rediseñar las plantaciones para que sean completamente mecanizables y aptas para la operación de robots y otras tecnologías autónomas. Ese proceso requiere tiempo, no ocurre de un día para otro. Por eso veo la automatización y la inteligencia artificial como una fuerza transformadora de mediano plazo: la combinación de ambas, junto con la creciente escasez de mano de obra, impulsará un cambio profundo, pero gradual.
Y ojo, eso no significa botar la experiencia. Significa que ahora la experiencia se respalda con números.
Los dos juntos. El que solo tenga olfato se va a quedar corto, y el que solo tenga la planilla sin haber pisado nunca el barro, también.
Lo otro que conviene tener claro: la automatización no llega a reemplazar al que falta, llega a tapar el hoyo que dejan los que ya no están. Y eso nos lleva al segundo punto.
2. LA BAJA NATALIDAD: EL PROBLEMA QUE POCOS ESTÁN MIRANDO
De esto se habla poco, y es probablemente lo más determinante de los tres. Estamos teniendo menos hijos, en Chile y en toda la región. Un estudio del INE dijo hace poco: menos de 1 hijo por chilena. Eso significa que la próxima generación de trabajadores, simplemente, será más chica que la anterior.
No es por voluntad, ni por salarios, sino por lógica.
A esto se le suma que los pocos jóvenes que hay no quieren quedarse en el campo, con justa razón. Entonces tenemos dos restas al mismo tiempo: nacen menos, y de esos menos, una parte se va a la ciudad. La pirámide que sostenía el agro se está dando vuelta, y lo va a hacer cada vez más rápido.
Por eso insisto tanto en el talento senior. Mientras la base se achica, el conocimiento de los que llevan treinta temporadas vale más, no menos. Botar a un profesional de 55-60 años porque “ya está viejo” es, hoy, un lujo que el campo no se puede dar.
3. LA MIGRACIÓN: LLEGÓ PARA QUEDARSE
Acá quiero ser claro, porque sé que es un tema que a algunos les incomoda. La migración no es un parche temporal ni una solución de emergencia. Es parte estable de la operación agrícola del futuro, y mientras antes lo asumamos, mejor parados vamos a permitir.
Lo que tenemos que hacer es ordenarla. Formalización, capacitación, condiciones dignas. Y ojo, no lo digo por corrección política, lo digo por dos razones bien concretas: porque los mercados a los que exportamos nos lo exigen, y porque un equipo bien tratado simplemente produce mejor. Lo he visto con mis propios ojos: faenas completas que se sostienen gracias a trabajadores migrantes que aprendieron el oficio, se quedaron, y hoy son los más comprometidos del campo.
El problema es que la migración avanza más rápido que la regulación. Y mientras la ley no acompañe, las empresas quedan atrapadas entre la necesidad de contratar y la dificultad de hacerlo bien. Ese nudo hay que soltarlo, ASAP.
ENTONCES, ¿QUIÉN ADMINISTRA TODO ESTO?
Estas tres variables convergen en una sola persona: el administrador agrícola. Y el de 2035 no se parece al de hoy. Va a tener que moverse en varios mundos a la vez: dominar el cultivo y la cosecha, sí, pero también leer datos, liderar equipos multiculturales, responder por el cumplimiento laboral y entender lo que pide la exportación.
El futuro del agro va a depender menos de cuántos trabajadores tengamos y más de la calidad de los equipos que armemos. La IA, la baja natalidad y la migración son las fuerzas que están redibujando el mapa; pero ninguna de las tres decide nada por sí sola. Lo que decide es la gestión, la persona.
El administrador agrícola va a ser la figura que conecte la producción, la tecnología y por cierto, la rentabilidad. Una pieza estratégica, no un capataz con título. Y las empresas que se preparen y entiendan esta realidad con anticipación van a tener una ventaja competitiva sobre los que sigan administrando como hace treinta años, que sin duda, van a desaparecer…
El campo no se jubila, pero tampoco se queda quieto. Está en constante evolución.

