No soy especialmente futbolero. Pero me apasiona lo que el deporte de alto nivel revela sobre liderazgo, equipos y cultura organizacional.
Este año el PSG ganó su segunda Champions consecutiva. Sin Mbappé. Dos años antes, Luis Enrique lo había dicho en cámara en el documental No Tenéis Ni P*** Idea: “El año que viene las voy a controlar todas. Todas, sin excepción”. En el mismo documental le había explicado a Mbappé, de frente, que Michael Jordan no era grande por los puntos que anotaba. Era grande porque cuando no podía anotar, defendía como nadie y arrastraba a todos los demás.

Mbappé se fue. Luis Enrique construyó una máquina.
Esa decisión —elegir sistema sobre estrella, equipo sobre talento individual— no es exclusiva del fútbol. Es exactamente la conversación que el agro latinoamericano no está teniendo.
La industria frutícola chilena tiene cuarenta años. La peruana, algo menos. Los que la construyeron trabajaban con el clima encima, sin los mercados de hoy, sin tecnología, sin financiamiento fácil. A pura pasión y desde el hacer. Esa generación va saliendo. Algunos ya no están. Es el ciclo de la vida.
Lo que viene detrás es distinto. No necesariamente peor, pero distinto. Lo que la primera generación construye con urgencia, la segunda administra con prudencia y la tercera da por garantizado. No es un juicio. Es un patrón documentado en todas las culturas. En España dicen “padre arriero, hijo caballero, nieto pordiosero”. En inglés, italiano, chino y japonés existe el mismo dicho con distintas palabras. Culturas antagónicas, mismo diagnóstico. La literatura sobre empresas familiares es contundente: la intensidad no se traspasa en la escritura de una herencia.
La pregunta no es si esto ocurre. La pregunta es si el agro latinoamericano lo está viendo.
Digamos las cosas como son. Por títulos, estamos en la mejor generación posible. Nunca hubo tantos agrónomos, ingenieros comerciales y MBAs en la industria.
¿Pero el oficio? ¿La intensidad? ¿La pasión por ganar?
¿Estamos reclutando jugadores dispuestos a ponerse al servicio del equipo?
Los títulos certifican conocimientos. El oficio se aprende haciendo. La pasión se trae de casa o no se tiene. Y los dos últimos no viajan juntos en el tiempo. Al inicio de una carrera sobra la primera y falta el segundo. Al final, en la mayoría de los casos, es al revés. El oficio sí se aprende, pero necesita tiempo, contexto y alguien que lo transmita.
En el agro ese tiempo es largo. No estamos en consumo masivo con seis campañas al año donde el ejecutivo aprende rápido y corrige rápido. Aquí hay una cosecha. Un ciclo. Un error que se paga doce meses después. El oficio en el agro se mide en temporadas, no en semestres o quarterly reports.
Y ahí aparece el segundo problema. La industria está perdiendo a quienes tenían ese oficio acumulado. Los que sabían leer una fruta, anticipar un problema logístico, negociar con un importador sin manual. Eso no estaba escrito en ningún proceso. Estaba en personas. Y cuando esas personas salen, el conocimiento sale con ellas.
En Japón, para ser maestro cocinero de sushi hay que pasar diez años como aprendiz. Una década, con alguien que lleva cincuenta años haciendo lo mismo. Parece excesivo hasta que entiendes que el resultado es perfección repetible. El agro latinoamericano necesita esa misma lógica y va exactamente en la dirección contraria.
La pregunta que nadie hace en el directorio: ¿quién es hoy el maestro de sushi de nuestra empresa? ¿Y quién está aprendiendo de él?
Y es ahí donde aparece la decisión de liderazgo real. Puedes construir un equipo de figuras galácticas donde cada uno brilla por separado. O hacer lo que hizo Luis Enrique: cimentar un grupo de apasionados que actúa como unidad, donde ganar colectivamente vale más que destacar individualmente. Donde el que no puede brillar hoy, defiende. Y arrastra a los demás.
Ese segundo modelo es más difícil de construir. Y más difícil de sostener. Pero es el único que sobrevive cuando la estrella se va.
Las empresas van cada vez más rápido. Pero estas conversaciones no se tienen.
Pasan y pasan ejecutivos con todas las herramientas. El método no está. El oficio no se transmite. Y cuando los resultados no llegan, la pregunta siempre apunta afuera. Al mercado, al tipo de cambio, a la competencia.
Casi nunca apunta adentro.
Luis Enrique no ganó dos Champions consecutivas porque tuvo los mejores jugadores. Las ganó porque construyó un sistema donde cada uno sabía exactamente qué se esperaba de él. Con premios y con consecuencias. Sin califatos.
Eso no se improvisa en una temporada mala. Se construye antes. Con líderes que priorizan el equipo sobre la figura. Con organizaciones que valoran el oficio tanto como el título. Con directorios que se hacen las preguntas incómodas antes de que el mercado las haga por ellos.
La pregunta no es si tu empresa tiene talento. Casi seguro que sí.
La pregunta es si ese talento está dispuesto a defender cuando no puede anotar.

