¿Qué tienen en común los agujeros de gusano de Einstein con el futuro de la fruta? Para Nataly Rojas Barnett (25), mucho. La ingeniera electrónica peruana, CEO de Food Flow y astronauta análoga, recuerda con precisión el momento que definió su rumbo: una tarde frente al televisor escuchando al célebre divulgador científico Carl Sagan hablar del universo, algo se encendió. De ahí a desarrollar algoritmos de inteligencia artificial que predicen el sabor, la textura y la estabilidad de los alimentos antes de que existan físicamente, hay un camino que pocos imaginarían, pero que hoy está revolucionando la manera en que la industria alimentaria piensa la innovación.
Con esa misma fascinación por lo desconocido que despertó en su infancia, ha construido una carrera que desafía los moldes tradicionales. Hoy, esa curiosidad científica no se queda en el espacio exterior: se aplica directamente en la Tierra a través de la ingeniería, la automatización y la optimización de procesos.
Pero antes de hablar de circuitos, agroindustria o emprendimiento, hay que viajar al espacio, ese lugar que parece lejano, pero que define el motor de su vida. “Uno de los roles que desempeño es el de comandante astronauta análoga, una posición que suele generar mucha curiosidad porque las personas imaginan inmediatamente cohetes o estaciones espaciales. En realidad, gran parte de nuestro trabajo ocurre aquí, en la Tierra”, explica.
En sus propias palabras, las misiones análogas son entornos donde se estudian, validan y verifican tecnologías, protocolos operativos y sistemas que algún día podrían utilizarse en el espacio. “Este tipo de investigación es fundamental porque nada llega al espacio sin antes haber sido probado exhaustivamente en condiciones controladas en la Tierra. Nuestro objetivo es reducir incertidumbre, anticipar riesgos y generar evidencia que permita tomar mejores decisiones cuando esas tecnologías finalmente sean desplegadas fuera de nuestro planeta. Creo que, en el fondo, tanto la ingeniería como la exploración espacial responden a la misma pregunta que me acompaña desde niña, sobre ¿qué ocurre si nos atrevemos a entender un poco más el universo y a utilizar ese conocimiento para mejorar la vida de las personas?”.
Su rol como joven referente científica, lo asume con responsabilidad. Al hablar sobre el reconocimiento que recibió recientemente como una de las 25 Mujeres en la Ciencia en Latinoamérica por 3M, confiesa que durante años lo vio como una meta. “Tiene un significado muy especial porque representa algo más grande que un logro individual. Cuando aún era estudiante conocí esta iniciativa y entendí la relevancia que tenía para las mujeres que trabajamos en ciencia, ingeniería y tecnología en la región. Cuando finalmente recibí la noticia, pensé inmediatamente en todo el camino recorrido, en mi equipo, en las veces que tuvimos que defender ideas que parecían demasiado ambiciosas y en las personas que confiaron cuando todavía no existían resultados visibles”.
Y es que, sostiene con convicción, “la visibilidad importa. Si más niñas y jóvenes pueden ver referentes cercanos desarrollando tecnología profunda desde nuestra región, entonces ampliamos el número de personas que se atreven a imaginar futuros distintos para sí mismas”.
Eres pionera en la región al formarte como astronauta análoga. ¿Qué aprendizajes sobre supervivencia, gestión extrema de recursos y aislamiento tecnológico te dejó esa experiencia que hoy se puedan aplicar a la agroindustria terrestre?
Lo más valioso que aprendí fue que los recursos dejan de ser infinitos cuando realmente debes sobrevivir con ellos. En una misión análoga, la energía, el agua, el espacio y el tiempo son recursos limitados. Cada decisión tiene consecuencias medibles. Esa lógica es aplicable a la agroindustria. Durante décadas hemos operado muchos sistemas productivos bajo la premisa de abundancia relativa, pero el futuro exige una mentalidad distinta. Los sistemas que sobreviven son aquellos capaces de regenerar, reutilizar y optimizar.
Por eso considero que una de las mayores contribuciones del sector espacial al agro son las tecnologías autosostenibles. Diseñar procesos capaces de producir más valor utilizando menos recursos. Crear sistemas resilientes que puedan seguir operando incluso cuando las condiciones externas cambian drásticamente.
Al final, una colonia espacial y una operación agrícola tienen más similitudes de las que parece, porque ambas dependen de administrar recursos finitos con máxima eficiencia.

EL ALCANCE DE LA IA
Diste el salto al emprendimiento con Food Flow. Cuéntanos de qué se trata este proyecto y qué problema buscabas resolver.
Food Flow nació de una pregunta. ¿Por qué seguimos perdiendo tantos alimentos en una cadena de suministro que genera enormes cantidades de información? Observando el sector encontré una brecha crítica entre los datos que existían y las decisiones que se tomaban. Había información fragmentada, procesos reactivos y una enorme dificultad para anticipar problemas antes de que ocurrieran.
Food Flow utiliza inteligencia artificial para transformar datos operativos en herramientas de predicción y optimización. Nuestro objetivo es ayudar a que los alimentos lleguen de manera más eficiente desde el productor hasta el consumidor, reduciendo pérdidas, optimizando recursos y mejorando la toma de decisiones en toda la cadena.
¿Cómo ha sido tu experiencia con el desarrollo de algoritmos de IA para optimizar procesos industriales?
Lo más interesante de trabajar con IA es descubrir que los algoritmos rara vez son el problema principal. El verdadero desafío está en entender el proceso que intentas mejorar.
He trabajado desarrollando modelos capaces de identificar patrones operativos, optimizar recursos y generar predicciones que permitan actuar antes de que aparezcan ineficiencias. Sin embargo, la clave nunca ha sido construir el modelo más complejo, sino el más útil.
La IA tiene valor cuando ayuda a una persona a tomar una mejor decisión. Cuando reduce incertidumbre. Cuando convierte información dispersa en conocimiento accionable.
Por eso siempre he considerado que el desarrollo tecnológico debe comenzar escuchando al usuario y entendiendo profundamente la operación.
¿Cómo te ayudó el método científico a diseñar un modelo de negocio tecnológico viable? ¿Qué le recomendarías a las empresas agrícolas tradicionales que tienen miedo de experimentar?
El método científico me enseñó algo fundamental y voy a repetir lo que mi profesor siempre menciona: enamorarse de las preguntas, no de las respuestas.
Muchas organizaciones fracasan porque intentan demostrar que tienen razón. La ciencia opera exactamente al revés. Diseña experimentos para descubrir dónde está equivocada.
Y Food Flow fue construido bajo esa filosofía. Cada hipótesis fue puesta a prueba, cada supuesto fue cuestionado, cada resultado fue medido. Eso nos permitió evolucionar más rápido porque los errores dejaron de ser fracasos y se convirtieron en información.
A las empresas agrícolas les diría que innovar no significa apostar todo a una sola idea.
Innovar significa diseñar mecanismos para aprender más rápido que el entorno cambia. Y que el riesgo real está en operar bajo supuestos que nunca fueron validados.
¿Cómo se traduce esta mentalidad tecnológica avanzada al día a día de la agroindustria regional?
Se traduce, para mí, en ¿cómo podemos tomar decisiones con mayor precisión utilizando menos recursos? La tecnología avanzada se trata de eficiencia. Significa saber exactamente dónde aplicar agua, dónde existe riesgo de pérdida, qué proceso genera cuellos de botella o qué variable está afectando la productividad. Cuando una empresa incorpora esta mentalidad, deja de reaccionar a los problemas y empieza a anticiparlos. Ese cambio de paradigma es probablemente una de las transformaciones más importantes que puede experimentar una organización agrícola.
¿Cómo pueden los productores y exportadores empezar a adoptar estas tecnologías sin sentir que están intentando operar una nave espacial?
Comenzando por problemas concretos. Muchas veces la transformación digital fracasa porque se presenta como una revolución tecnológica cuando en realidad debería plantearse como una solución operativa. Nadie necesita entender cómo funciona un motor para conducir un vehículo. Lo que sí es importante es identificar un problema específico, medirlo y aplicar herramientas que generen resultados visibles. Una vez que el equipo observa beneficios reales, la adopción ocurre de manera mucho más natural.
INNOVACIÓN EN LA TIERRA
¿Qué tan democratizada está la IA hoy en la región?
Mucho más de lo que la mayoría imagina. Hace apenas unos años desarrollar inteligencia artificial requería equipos altamente especializados e inversiones significativas. Hoy existen herramientas accesibles para empresas de distintos tamaños. La verdadera barrera es cultural. Es creer que estas herramientas están reservadas para grandes corporaciones cuando en realidad muchas de las soluciones más efectivas pueden implementarse de manera gradual y adaptada a la realidad de cada operación. Estamos viviendo uno de los momentos más democráticos de la historia tecnológica.

¿Cómo evalúas el nivel de madurez digital de la agroindustria en Perú y Chile comparado con otros gigantes exportadores?
Perú y Chile tienen una característica particularmente interesante: básicamente hemos sido obligados a ser eficientes.
Países con abundancia histórica de recursos podían permitirse ciertas ineficiencias operativas. En cambio, nuestros sistemas productivos crecieron enfrentando restricciones climáticas, logísticas y geográficas complejas. Eso desarrolló una cultura de adaptación muy fuerte. Sin embargo, existe una diferencia importante respecto a algunos líderes globales.
En muchos casos todavía digitalizamos procesos, mientras que los ecosistemas más avanzados están construyendo organizaciones completamente orientadas por datos. Se trata de quién convierte mejor la información en decisiones.
Mi impresión es que Perú y Chile poseen talento técnico extraordinario y una capacidad de adaptación sobresaliente. El siguiente salto será integrar datos, inteligencia artificial y estrategia empresarial de forma mucho más profunda.
¿Cuál es tu mirada sobre cómo la IA puede predecir comportamientos de productos frescos y eficiencia en plantas de empaque?
Creo que ahí existe una de las mayores oportunidades de la industria. Los productos frescos son sistemas biológicos vivos. Continúan cambiando después de la cosecha.
Comprender y predecir esos cambios tiene un enorme impacto económico. La inteligencia artificial permite identificar patrones que serían prácticamente invisibles para el análisis tradicional. Puede anticipar deterioro, estimar vida útil, optimizar rutas logísticas, mejorar clasificación y reducir pérdidas.
¿La transformación tecnológica sigue siendo una opción de diferenciación o ya es un requisito de supervivencia?
Creo que ya cruzamos esa frontera. Durante años la tecnología fue una ventaja competitiva. Hoy está convirtiéndose en infraestructura estratégica. Los márgenes son más ajustados, el clima es más impredecible, los mercados son más exigentes y la competencia es global. En ese contexto, operar sin herramientas avanzadas de análisis comienza a representar una desventaja estructural.
¿Cuáles son los principales errores que cometen los centros de innovación y los productores al intentar conectar el software con la tierra?
El principal error del sector productivo es asumir que la innovación necesariamente interrumpirá la operación. Ambos mundos necesitan escucharse más. Los desarrolladores deben pasar tiempo en campo. Deben entender restricciones reales, tiempos reales y necesidades reales. Y los productores deben participar desde etapas tempranas en el diseño de las soluciones.
¿Cómo se gestiona el cambio cultural en una industria tan tradicional?
Entendiendo que las personas no se resisten al cambio, se resisten a la incertidumbre.
Cuando alguien incorpora una nueva herramienta, no está evaluando únicamente la tecnología. También está evaluando cómo afectará su trabajo, su desempeño y su experiencia acumulada. Por eso los líderes deben comunicar con claridad, involucrar a los equipos desde el inicio y demostrar resultados tempranos. La capacitación es importante, pero la confianza es indispensable. La adopción tecnológica es, antes que nada, un proceso humano.
Si miramos hacia los próximos 3 a 5 años, ¿cuál será la disrupción tecnológica que redefinirá la exportación de fruta fresca en América Latina?
Creo que veremos el surgimiento de sistemas autónomos de toma de decisiones operativas impulsados por inteligencia artificial. Me refiero a ecosistemas capaces de coordinar logística, calidad, almacenamiento, distribución y gestión de recursos de manera integrada.
La ventaja estará en construir sistemas capaces de aprender continuamente y adaptarse en tiempo real. Quienes logren integrar inteligencia artificial y automatización operarán con una velocidad de respuesta muy difícil de igualar.
¿Y qué te ves haciendo tú en ese plazo?
Me veo expandiendo el trabajo que hoy realizamos hacia un desafío que me apasiona muchísimo, que es la alimentación espacial. América Latina posee una biodiversidad extraordinaria y una riqueza cultural única. Creo que el futuro de la alimentación fuera de la Tierra no debería construirse únicamente desde una perspectiva tecnológica, sino también cultural. Y me gustaría contribuir a que nuestras especies nativas, nuestros conocimientos y nuestras tradiciones formen parte de esa conversación global.
Existe una frase dentro del sector espacial en la que creo mucho, que es Space for All. El espacio es para todos. Y si realmente aspiramos a construir presencia humana más allá de la Tierra, entonces también debemos llevar con nosotros fragmentos de nuestra historia, nuestra identidad y nuestra herencia cultural. Me gustaría que, cuando hablemos de alimentación espacial en el futuro, exista también un pedacito del Perú, Chile, de América Latina y de todas las culturas que han contribuido a la historia de la humanidad.

