La telaraña y el retorno a la racionalidad
PUNTOS DE VISTA

La telaraña y el retorno a la racionalidad

La irracionalidad alienta la ganancia fácil, fomenta el oportunismo como modelo de emprendimiento y cosecha pérdidas para todos, desincentivando a los empresarios que crean valor.


Por Sebastián Valdés Lutz - Director de empresas agroindustriales

En 1938 el economista norteamericano Mordecai Ezekiel popularizó el “Teorema de la Telaraña” (The Cobweb Theorem), que argumentaba que el rezago temporal existente entre la información que induce a los agricultores a sembrar un determinado cultivo, y la comercialización de la cosecha respectiva, provoca desajustes entre la oferta y demanda que hacen oscilar ostensiblemente el precio, en algunos casos, indefinidamente. Ante un escenario de escasez, y consecuentemente alto precio, los agricultores eligen aumentar la siembra para aprovechar la oportunidad que entrega el mercado. Al llegar la cosecha, la sobreoferta de producto hace caer los precios, lo que desincentiva a los agricultores a repetir su elección, induciendo con ello una nueva alza en los precios en la siguiente temporada. Ezekiel supone que los agricultores usan el precio de ayer para predecir el precio de mañana, manteniendo este error sistemáticamente en el tiempo.

En 1961 el joven y desconocido economista John F. Muth publicó su artículo “Expectativas Racionales y la Teoría de Movimientos de Precio” (Rational Expectations and the Theory of Price Movements), el que pasó casi desapercibido durante una década, hasta que Robert Lucas lo rescató en los años 70 y lo convirtió en el fundamento de toda una revolución en macroeconomía. Muth y Lucas argumentaban que los agentes económicos no desperdician información disponible, por lo que si hay un patrón predecible en los precios, como lo sería la “telaraña”, los agricultores racionales lo identificarán, aprenderán e incorporarán a sus decisiones hasta destruir el patrón. El argumento de Muth y Lucas se extendió a toda la macroeconomía, sustentó las críticas a las políticas keynesianas, la teoría de los ciclos reales de negocio, y buena parte del pensamiento económico dominante de los últimos cincuenta años; pero en la agricultura, la evidencia muestra que los agricultores tejen sus telarañas una y otra vez, tal y como lo explicó Ezekiel hace casi un siglo.

El antiguo debate entre las ideas de Ezekiel y Muth sigue siendo atingente a la agricultura contemporánea, puesto que observamos enormes desajustes de mercado provocados por la siembra o plantación irracional de distintos cultivos y especies frutales, existiendo acceso a información que da cuenta de esa irracionalidad. La sobreplantación de cerezo en Chile, por dar un ejemplo, era información conocida y documentada desde comienzos de esta década, y aun así cientos de agricultores siguieron apostando por la extensión de la bonanza.

Cabe preguntarse, entonces, cuál es el circuito fallido en el proceso de toma de decisiones de algunos agricultores que vuelve tan irracionales sus elecciones.

Un antiguo jefe me decía que las decisiones de plantación de los agricultores “se toman en el comedor del club social de la zona”, instigadas tanto por la costumbre de inflar los logros como de envidiarlos, transformándose en un proceso más emocional que racional.

Si bien esta dramatización puede no ser generalizada, deja una conclusión que no se aleja mucho de la realidad, puesto que las expectativas de retornos futuros habitualmente se basan más en el deseo que en el análisis. La escasez endémica, la fragilidad de la competencia, la inalterabilidad de las preferencias, se toman como supuestos implícitos para todo el horizonte de inversión, alentando elecciones que tienen más que ver con hambre de rentabilidad que con argumentos para saciarla.

Daniel Kahneman, psicólogo y economista conductual israelí-estadounidense, Premio Nobel de Economía en 2002, documentó que los seres humanos sobreestiman la probabilidad de eventos recientes y vívidos, por lo que el agricultor que ve a su vecino hacerse rico con cerezas, no sopesa los posibles escenarios futuros ni calcula adecuadamente la probabilidad de aventurarse a igualar sus éxitos.

El segundo corolario del párrafo anterior es que la mayoría de las elecciones relacionadas con sembrar o invertir en nuevas plantaciones obedecen al deseo de arbitrar en un mercado, de aprovechar una oportunidad, más que a la evaluación positiva de la construcción de una ventaja competitiva en un producto determinado. Es decir, una porción relevante de agricultores se conduce más como arbitradores que como creadores de mercado, apostando a obtener ganancias anormales por el solo hecho de estar en el producto adecuado en la ventana adecuada.

La experiencia indica que las ventanas de arbitraje cada vez son más escasas y fugaces, y que quienes entran a un determinado producto, sin argumentos competitivos, terminan siendo los primeros en salir. Sin productividad, calidad, tamaño y condición de postcosecha, la aventura en un producto agrícola puede transformarse en un rápido y doloroso encuentro con una pared.

Constatando que la agricultura sigue tejiendo las telarañas de Ezekiel, debiésemos alentar algo más la racionalidad que pregonaban como regla de comportamiento tanto Muth como Lucas.

La irracionalidad alienta la ganancia fácil, fomenta el oportunismo como modelo de emprendimiento y cosecha pérdidas para todos, desincentivando a los empresarios que crean valor a través de la eficiencia, la innovación y la satisfacción de necesidades en toda la cadena de abastecimiento. Aquellos verdaderos arquitectos y constructores de las agroindustrias que terminan perpetuándose en el tiempo.

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