Occidente en peligro
PUNTOS DE VISTA

Occidente en peligro

Es, una vez más, una disputa entre el orden y el caos, entre la verdad y la negación de la realidad. Recuperar la racionalidad es condición indispensable para que exista civilización.


Por Magdalena Merbilháa, historiadora. Directora Red Cultural

El mundo está cambiando. El orden alcanzado tras la Segunda Guerra Mundial, en el que la primacía de Occidente se había desplazado desde Europa a los Estados Unidos de Norteamérica, ha perdido nitidez desde la caída de los socialismos reales. La Guerra Fría implicaba una lógica de blanco y negro, de buenos y malos. El mundo actual, en cambio, lo confunde todo.

Occidente no es simplemente la continuación del Imperio Romano. Es una civilización nueva, nacida tras su caída, que recoge del mundo clásico una forma de pensar —la convicción de que la verdad existe y puede ser conocida— y la combina con la estructura social, económica y jurídica del mundo germano. A esa síntesis se suma el cristianismo como elemento articulador: la idea de que la verdad existe, que es trascendente, y que a ella se accede tanto por la fe como por la razón. De ahí que se hable de cultura cristiano-occidental. No se trata solo de una religión, sino de una cosmovisión que otorgó a la condición humana un valor inédito en la historia.

De esa matriz surgen nociones fundamentales como el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, así como la idea moderna de democracia. Los derechos humanos y la democracia liberal no son conceptos universales en su origen: son productos específicos de Occidente y no están presentes, al menos en su formulación esencial, en otras culturas.

Más allá de este choque de visiones, desde el propio Occidente han surgido posturas herejes que se han alejado de la recta doctrina y han buscado socavar las bases de la cultura misma.

A partir del siglo XIV, la fe comenzó a separarse de la razón. El fideísmo extremo derivó en la Reforma, el quiebre de la cristiandad y las guerras de religión. Más tarde, desde el siglo XVII, la razón encontró su propio camino —el método— y confió exclusivamente en sí misma, relegando a Dios. El cientificismo abrió paso al secularismo, y este, a su vez, al socialismo.

El socialismo se erigió como una religión de reemplazo, marcada desde sus orígenes por un profundo anticristianismo y un antihumanismo que se manifestó en horrores genocidas. La obsesión por crear un “hombre nuevo”, que sustituyera al hombre real —con su naturaleza imperfecta— llevó a los jacobinos de la Revolución Francesa a hablar de “regenerar la raza humana desde la sangre”, y a los bolcheviques a intentar hacerlo mediante el terror rojo. Los colectivismos buscaron suprimir a la persona —única e irrepetible— para reemplazarla por el Estado.

Durante la Guerra Fría, Occidente, liderado por Estados Unidos, se enfrentó al mundo comunista encabezado por la Unión Soviética. El colectivismo se expandió hacia Oriente: tras la Revolución China, el marxismo se injertó con facilidad en un ethos cultural milenario. Rusia, que tampoco pertenece a Occidente ni cree en la democracia liberal, adaptó el marxismo a su tradición autárquica y lo proyectó geopolíticamente hacia múltiples regiones del planeta.

Con el tiempo, el marxismo mutó. Dejó de centrarse en la toma de la economía y la infraestructura para convertirse en un fenómeno cultural. Buscando afectar las supraestructuras de la sociedad, se infiltró en universidades, sistemas educativos y medios de comunicación. Bajo el ropaje del “buenismo”, reemplazó la dicotomía burgués-proletario por cualquier conflicto social susceptible de dividir la sociedad entre “buenos y malos”. Cooptó el feminismo, penetró el indigenismo y las causas identitarias, reorganizando todo en torno a una nueva narrativa de “opresores y oprimidos” y los llamó a despertar. De allí emerge la cultura woke y su horda de fanáticos que, como buenos hijos de los jacobinos, se proclama tolerante con todos, salvo con el cristianismo.

Este buenismo ha contribuido a desdibujar la identidad occidental. En nombre de consignas como “nadie es ilegal”, Europa ha sido masivamente impactada por flujos migratorios que, lejos de integrarse, han erosionado sus tradiciones. Hoy, en muchos países del viejo continente, los crucifijos o la Navidad resultan ofensivos para algunos, lo que revela un proceso profundo de sustitución cultural.

Nada de esto es casual. El socialismo, que necesita bolsones de pobres y dependientes, ha fomentado la inmigración descontrolada para crear masas de “esperanzados” políticamente funcionales. Del mismo modo, el ecologismo radical promovido por la izquierda —que ha frenado inversiones y encarecido la producción occidental— ha beneficiado a China, convertida en la gran fábrica del mundo. Las emisiones chinas parecen no incomodar, mientras que en Occidente se paralizan incluso hospitales.

China aspira a la primacía global y busca desplazar a Estados Unidos. Rusia, tras perder su lugar en el mundo bipolar, ha desplegado una estrategia geopolítica agresiva, no solo en Ucrania, sino también en regiones estratégicas como el Ártico.

En América, conviene recordar que a mediados del siglo XIX, por intereses políticos franceses, el concepto de Hispanoamérica —parte integral del Occidente cristiano— fue reemplazado por el de Latinoamérica, acompañado de una fuerte carga ideológica colectivista. La lucha de clases marcó a la región, generó violencia y terminó condenándola al subdesarrollo. Hoy, sin embargo, comienzan a soplar vientos de cambio: la experiencia ha demostrado que la receta fracasó.

Este es el contexto en el que se libra la actual batalla cultural. Está en juego la primacía y la subsistencia de Occidente. Es, una vez más, una disputa entre el orden y el caos, entre la verdad y la negación de la realidad. Recuperar la racionalidad —la convicción de que “la realidad es real” y de que existen el bien y el mal objetivos— es condición indispensable para que exista civilización.

Es la lucha que hoy encarnan diversos líderes occidentales, con estilos distintos pero con una comprensión común de lo que está en riesgo: desde Donald Trump hasta figuras europeas como Giorgia Meloni.

La llamada América Latina, por su parte, ha comprendido a golpes, y el giro político de varios países de la región muestra que también aquí se ha comenzado a abandonar el rojo para volver al azul.

En este escenario, el cristianismo no es un vestigio del pasado, sino un antídoto vigente. Es la fuente que recuerda el carácter sagrado de la vida humana, la dignidad de la persona y el sentido auténtico de la democracia. Si Occidente quiere sobrevivir, no puede renegar de aquello que le dio origen.

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