El último llamado del Pacífico
PUNTOS DE VISTA

El último llamado del Pacífico

Por primera vez en medio siglo, Sudamérica está en la ruta central del comercio planetario. Puertos, trenes y megaproyectos avanzan a una velocidad que desafía a nuestras burocracias. Las grandes potencias ya pusieron sus fichas. La región tiene una oportunidad histórica… pero también un reloj corriendo en su contra.


Por Fernando Wilson L. - Doctor en Historia - Profesor Facultad de Artes Liberales Universidad Adolfo Ibáñez

Escribir sobre los corredores bioceánicos sudamericanos en 2026 parece casi una redundancia. Llevamos décadas hablando del potencial que tendrían tanto los mercados asiáticos como la producción regional en el ámbito silvoagropecuario, generando enormes expectativas desde fines de la década de 1960. Sin embargo —y para sorpresa de muchos— finalmente se ha dado la combinación de factores que está comenzando a convertir ese anhelo en realidad. El consenso regional respecto de que la exportación es la mejor vía para generar ingresos privados y fiscales ha sido fundamental. Los últimos regímenes que se negaban porfiadamente a aceptar esta evidencia, como Evo Morales y el MAS en Bolivia o las sucesivas administraciones K en Argentina, llegaron a su final natural. Otros liderazgos más hábiles, como Lula en Brasil, han comprendido hacia dónde soplan los vientos y han orientado sus velas en consecuencia. Los pocos obstinados que quedan —la cleptocracia bolivariana en Venezuela o las patéticas administraciones gerontocráticas en Nicaragua o Cuba— no son más que ejemplos trágicos de lo que no funciona.

A este consenso relativo sobre el modelo de desarrollo se suma la construcción, ya muy avanzada, de un nuevo sistema comercial y de poder en la Cuenca del Pacífico. En estas mismas páginas hemos analizado los enormes desafíos que implica este proceso, que constituye, por mucho, el intento de integración comercial y política más ambicioso de la historia humana, abarcando al menos siete tipos de sociedades, culturas o civilizaciones. Como fuere, esta dinámica ha incorporado a China como actor central, sumándose al socio tradicional de la región: Occidente, representado por América del Norte y Europa.

Este proceso, combinado con la llegada masiva de inversiones, abre oportunidades gigantescas para profundizar los flujos comerciales. Pero también exige abandonar la tradicional mirada victimista sudamericana y actuar con mayor inteligencia estratégica. Las enormes inversiones chinas en infraestructura en Perú, Brasil y Argentina llevan implícito el peso geoestratégico de asociarse con una de las mayores economías del mundo. Cuando la otra gran potencia global es, a su vez, un socio primario, la región se encuentra —sin buscarlo— en el centro de la atención planetaria. Y eso exige comprensión, madurez y capacidad para absorber los golpes que este tipo de procesos generan. Jugar en el patio de los grandes implica no echarse a llorar al primer codazo.

Desde la crisis de 1929, Sudamérica adoptó una postura temerosa frente al mundo. Esa actitud se consolidó con la arquitectura global de la posguerra y la Guerra Fría. El proteccionismo se convirtió no solo en doctrina económica, sino también en un alineamiento político que terminó siendo una especie de mantra regional. Muchos países siguen creyendo que “allá afuera” solo hay peligros y amenazas. Incluso hoy, con todos los avances recientes, persiste una desconfianza estructural. Romper esa lógica ha sido difícil, y solo la dura evidencia presentada por la crisis de los commodities, hace década y media, obligó a varios Estados a aceptar la necesidad inevitable de abandonar el aislamiento.

Estos procesos, sin embargo, han sido erráticos y contradictorios. La expulsión de Repsol de Argentina tras confirmarse la riqueza de Vaca Muerta o la nacionalización del gas en la Bolivia de Evo Morales generaron un escepticismo natural respecto de la seriedad de la región. Esto, claramente, no puede seguir ocurriendo.

Así, la necesidad de buscar las mejores opciones para nuestros Estados debe combinarse con la obligación de asumir actitudes razonables frente a los inversionistas. China está apostando fuerte por Perú, y prueba de ello es la construcción del puerto de Chancay por la empresa estatal Cosco. Esta obra se complementará con el futuro Tren Bioceánico, que conectará el puerto de Santos, en Brasil, con el de Bayóvar, en Piura, creando un poderoso eje logístico entre América Latina y Asia. Estas megainversiones expresan la confianza china en que Perú y Brasil mantendrán sus compromisos y permitirán desarrollar una dinámica exportadora robusta.

Sin embargo, ya surgieron problemas: al parecer, las autoridades peruanas, deslumbradas por la magnitud de la inversión, no revisaron adecuadamente las implicancias para la soberanía nacional del acuerdo. Pero más allá de este punto, lo importante es que China está apostando fuerte. Conglomerados de inversión de Estados Unidos, China y el Golfo Pérsico han mostrado un interés similar por la ampliación del puerto de San Antonio, en Chile, con miras no solo a fortalecer los corredores con Argentina, sino también el desarrollo minero en la cara oriental de la cordillera. Y así podríamos enumerar docenas de casos más. No podemos —como país o como región— desperdiciar esta oportunidad. Este tren no volverá a pasar.

Todos estos procesos están ocurriendo demasiado rápido para las formas burocráticas, lentas y anquilosadas con las que estamos acostumbrados a operar en Sudamérica. Situaciones como la del proyecto minero Dominga, convertido en símbolo de lo que hoy se denomina “permisología”, simplemente no tienen cabida en este nuevo mundo globalizado 3.0, donde los capitales que no son bien recibidos en un país tienen media docena de alternativas listas en cualquier punto del planeta. Cuando la ministra de Medio Ambiente de Chile señaló, con total comodidad, que “no necesitábamos nuevos yacimientos de cobre en el norte”, expresó con honestidad su visión de mundo. Pero esta mirada ya no es compatible con el progreso material de Chile ni de la región. Esta ventana de oportunidad no será eterna. Llegará un momento —no muy lejano— en que la estructura de poder que hoy se está configurando en el Indo-Pacífico se consolidará, y las oportunidades que no se hayan tomado se habrán perdido para siempre.

El sentido de esta columna es hacer un llamado a pensar en grande y, sobre todo, a entender lo dinámico y fluido que es el sistema geoeconómico del Indo-Pacífico. Tenemos frente a nosotros una oportunidad inmensa para integrarnos a este sistema, aprovechando un modelo exportador y una red de transporte regional con un potencial multidimensional extraordinario. Pero debemos hacerlo ya. No “pronto”: ahora (el plazo óptimo habría sido ayer). De lo contrario, las próximas generaciones escribirán un nuevo capítulo en sus libros de historia explicando cómo nuestra generación dejó pasar, una vez más, el salto al desarrollo.

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