El estratega de inversiones Howard Marks —uno de mis autores de cabecera— tiene un capítulo titulado Lo más importante es estar atentos al ciclo. Si aplicamos esa premisa al escenario económico actual, sería oportuno que nos preguntáramos: ¿Estamos en condiciones de soportar una caída del 20% del tipo de cambio?
Latinoamérica viene saliendo de períodos convulsos, marcados por años de inestabilidad político-social que afectaron la inversión y el crecimiento. El dólar siempre ha sido un buen termómetro de ese proceso. Pero con un resurgimiento de los metales, hemos podido ver cómo el real, el sol, los pesos chilenos y colombianos se apreciaron alrededor de 10% en el último año.

Tomemos como ejemplo a Chile. En los mejores años del primer gobierno de Piñera (2010-14), el dólar llegó a estar en torno a $450: tiempos positivos para el país, pero desafiantes para el mundo exportador. Una década atrás, en 2016, ya había escalado a niveles de $650–$700.
Hoy, vemos que en América Central y del Sur, se suceden los giros políticos a la centroderecha, y Chile por estos días se encuentra en medio de un proceso de cambio de mando. Se ha instalado la tesis que nos enfrentamos a un escenario con “viento de cola” que facilitaría la reactivación económico-productiva (nunca se sabe). Parte de esa lectura es real: reaparece el apetito por inversión, se promete una disminución en la permisología, vuelve el interés por deuda latinoamericana —tanto empresarial como estatal— y el cobre y otros metales preciosos se mantienen en niveles históricamente atractivos, más allá de la volatilidad reciente de los mercados. Todo ello aumenta el flujo de divisas y presiona al tipo de cambio a la baja.
Siguiendo el caso chileno, no fueron pocos los analistas que, hacia octubre y noviembre, señalaban que los fundamentos no justificaban un dólar en torno a los $950. Tras la elección, la trayectoria fue clara: el tipo de cambio comenzó a caer y acumula una baja significativa en pocas semanas, equiparándose a la región.
No es un secreto que en el sector existen empresas y productores bajo presión financiera; de hecho, ya hemos visto movimientos donde algunas han sido adquiridas por conglomerados internacionales y la presencia de fondos de inversión ha aumentado de manera visible. El mercado de adquisiciones está activo.
Si la teoría del buen momento se confirmara, sería de esperar que las monedas latinoamericanas se siguieran apreciando. Lo relevante no es el número exacto, sino el ciclo. Vale entonces hacerse una pregunta incómoda: ¿Se habrá realizado un test de stress serio con un dólar bajando un 20%? ¿un 30%? ¿Qué ocurre con el EBITDA? ¿Cómo se comprimen los márgenes? Tiendo a creer que, en muchos casos, no. Y este tipo de ejercicios debería estar en la tabla del directorio, haciendo abstracción de las situaciones específicas de la cereza, la palta o el arándano. Es precisamente frente a este dilema estructural donde debemos evaluar si el camino es la permanencia, la sucesión o la apertura a nuevos capitales. ¿Existe alguna oportunidad?
Las industrias frutícolas de la región son dispares. Mientras la chilena, con más de cuarenta años, es hoy un negocio maduro, otras la siguen con 15 o 30, no lejos detrás. Todas se han forjado con gran calidad humana y la infraestructura de quienes se arremangaron en sus inicios. En este viaje, los mercados de capitales han evolucionado y el acceso a diferentes herramientas aumentó.
Hoy el escenario es distinto. Con fondos de private equity hambrientos de activos reales y sustentables en países que recuperan expectativas y mantienen una reputación de seriedad, abrir la propiedad o buscar un socio estratégico no es claudicar: es una decisión estratégica legítima. No se trata de ignorar el valor de la cultura familiar o la autonomía operativa, sino de reconocer que incorporar un socio permite profesionalizar la estructura y dotarla del pulmón financiero necesario para enfrentar la volatilidad que viene. El mercado de fusiones y adquisiciones (M&A, por sus siglas en inglés) ofrece hoy una ventana de liquidez que permite a las familias empresarias diversificar su riesgo y evitar que el esfuerzo de dos generaciones se diluya en una crisis de márgenes. ¿Habrá mejor momento que este?
Es probable que el lector piense que la intención de estas líneas es empujarlo a vender. Nada más lejos de la realidad. No existe decisión más peligrosa en los negocios que dejar pasar una ventana histórica sin siquiera someterla a discusión. Ignorar la opción de salida en el peak del ciclo no es una muestra de lealtad al legado; muchas veces es una falta de rigor en la gestión del patrimonio familiar.
Para el inversor extranjero y el empresario local, transar con un dólar alto representa la ventana de salida —y entrada— óptima. Es el momento donde los márgenes gozan de los esteroides de una divisa amplificada, mientras que el comprador aún logra capturar un margen de seguridad suficiente que se ejecuta si el mercado corrige.
Al igual que en la agricultura, en las finanzas corporativas existe un punto de madurez. Esperar a que el dólar baje para profesionalizar la propiedad o buscar un socio es como esperar a que la fruta esté sobremadura para empezar la cosecha: el volumen estará ahí, pero el valor se habrá esfumado.
La pregunta no es qué hará el mercado, sino qué hará usted antes de que el mercado decida por usted.

