La fuerza migrante que sostiene la fruticultura chilena
MANOS SIN FRONTERAS

La fuerza migrante que sostiene la fruticultura chilena

En los campos y packings chilenos conviven la urgencia productiva con los sueños de miles de migrantes que han encontrado ahí una oportunidad. Provenientes de Venezuela, Haití, Perú y Bolivia, ya representan entre el 25% y el 38% de la mano de obra en regiones estratégicas, mientras el país define cómo regular un recurso humano de vital importancia para la industria y reconocer la migración estacional como parte estructural de su modelo exportador.


Por Claudia Fuentes

«Vine por una temporada y llevo cuatro años”, dice Daniel (34), boliviano, mientras recoge arándanos en un predio de Curicó, Región del Maule. El oficio lo aprendió mirando y probando, hasta que encontró su propio ritmo. En Rengo, Región de O’Higgins, Marie (29), haitiana, avanza entre las sombras del parronal. Toma un racimo de uva, lo gira con cuidado y repite las palabras que le enseñaron esa mañana: “calibre, suave, parejo”, antes de dejarlo caer en su caja.

Escenas como estas son parte del paisaje productivo en las principales zonas frutícolas de Chile, un sector que exporta más de US$ 6.500 millones al año y que se apoya en las manos diversas de hombres y mujeres migrantes. En regiones clave como O’Higgins (33–38%), Maule (25–30%) y la Región Metropolitana (30–35%), ellos ya representan más de un tercio de la fuerza laboral en faenas de cosecha y packing, según datos de la Subsecretaría del Trabajo (Estudios Regionales 2024), el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM). Y, si bien en cada temporada la agricultura chilena moviliza entre 600.000 y 700.000 empleados en su punto más alto, solo entre noviembre y abril enfrenta un déficit cercano a los 300.000 trabajadores.

Pero las cifras no cuentan toda la historia. Chile envejece, los trabajadores jóvenes se desplazan a empleos en comercio y servicios, y el agro –intenso, estacional y físicamente exigente– ha perdido atractivo entre los chilenos. La brecha la cubren trabajadores que vienen, principalmente, desde Venezuela, Haití, Perú y Bolivia, como Daniel o Marie, que llegan a los campos nacionales atraídos por ingresos que duplican o triplican los de sus países de origen.

En furgones, alojamientos compartidos o patios improvisados, se mezclan español, creole y modismos quechua, y forman pequeñas comunidades que combinan tradiciones propias con la adaptación apresurada que exige el trabajo agrícola. La industria no solo recibe fuerza laboral, sino también culturas e historias personales que se integran al ritmo de la cosecha.

En ese contexto, el presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA) y ex ministro sectorial, Antonio Walker, lo resume: “Este es un tema central para la agricultura chilena, porque no damos abasto con la mano de obra nacional para cubrir las labores peaks de la agricultura. Un ejemplo es la cosecha de cerezas, donde necesitamos cerca de 300 mil personas en siete semanas. Lo mismo ocurre en podas, en raleos, en ajuste de carga y en otras labores agrícolas. Entonces, los inmigrantes son un complemento a la fuerza laboral nacional. Hoy día, si no contáramos con los inmigrantes, simplemente no podríamos realizar estas labores”.

DEPENDENCIA ESTRUCTURAL: EL CAMPO SIN RELEVO

La creciente presencia migrante en la agricultura forma parte de una tendencia global: en las principales potencias agrícolas como Estados Unidos, España, Canadá, Australia o Nueva Zelanda, la mano de obra local no alcanza para cubrir temporadas intensivas.

En Chile, el fenómeno adopta características propias, pero el diagnóstico es similar. Ya entre 2017 y 2018 el Ministerio de Agricultura reportaba una escasez de entre 150.000 y 200.000 trabajadores para enfrentar la cosecha. Desde entonces, diversos gremios coinciden en que dicho déficit se ha vuelto permanente y va aumentando.

El abogado Juan Pablo Ramaciotti, magíster en Políticas Públicas y director del Centro de Políticas Migratorias, afirma que confluyen tres factores que explican la alta presencia de migrantes en el agro. “El envejecimiento de la población local, el desinterés de chilenos por trabajos de temporada, y condiciones laborales poco competitivas. Eso abre una demanda estructural que el mercado nacional ya no puede cubrir. Para muchos migrantes, que llegan con experiencia agrícola y necesidad de ingresos rápidos, el agro es uno de los pocos canales accesibles de inserción laboral”.

Los datos lo confirman. En 2024, el INE registró que el 28% del empleo agrícola fue desempeñado por extranjeros. Mientras el empleo migrante creció 6,5%, el de chilenos cayó 3%. De hecho, la FAO y la OIT ubican a Chile entre los países con mayor dependencia de migrantes en la agricultura de exportación.

“Hoy la mano de obra migrante es esencial. La participación de chilenos ha caído drásticamente: muchos se cambiaron de rubro o prefieren trabajos temporales fuera del circuito agrícola. Las temporadas se están sacando adelante gracias a trabajadores extranjeros que hacen muy bien el trabajo ante la negativa de los chilenos a incorporarse, pese a que los salarios son buenos para ambos”, explica Cristián Allendes, ex presidente de la SNA (2021–2023), presidente de Gesex y dueño de Agrícola La Hornilla.

Y es que el sector crece más rápido que su capacidad de atraer trabajadores nacionales, advierte Antonio Walker. “Por un lado, tenemos una agricultura que crece a un 7,4%, o sea, 3,5 veces más que la economía, y por otro, bajas tasas de natalidad, envejecimineto de la población y un segmento que no tiene en su radar ir a trabajar al campo, porque es un trabajo al aire libre, donde hace mucho calor en el verano, mucho frío en el invierno y requiere de un esfuerzo físico mayor”.

RADIOGRAFÍA DEL TRABAJADOR MIGRANTE

Según el Anuario del SJM 2024, la fuerza laboral extranjera en el agro en Chile está compuesta principalmente por venezolanos (40%), haitianos (25–28%), peruanos (10–14%) y bolivianos (8–10%). Una realidad que se observa en cada cuadrilla de cosecha, equipos de poda, raleadores, transportistas y trabajadores de packing que pululan por los campos entre camiones, bandejas y cajas plásticas.

El promedio de edad oscila entre los 30 y 38 años, con predominio de hombres en el campo y mujeres en los packing. Algunos vienen por recomendación de familiares o conocidos, otros porque ya conocen el oficio. Muchos dejan a sus hijos. Todos comparten un mismo horizonte: reunir en pocas semanas lo que en sus países les tomaría varios meses, impulsados por la promesa de un ingreso rápido que justifique la distancia, el esfuerzo físico y la estacionalidad del oficio.

“Llegué porque un primo me dijo que acá había pega con los arándanos. No sabía cosechar, pero los mismos compañeros me enseñaron. Uno aprende rápido: si te va bien hoy, mañana te llaman de nuevo”, dice Daniel.

Cristián Allendes destaca a los extranjeros por su motivación y continuidad: “Son muy trabajadores, especialmente los bolivianos. La mayoría viene por cuatro o cinco meses, hace la temporada y se vuelve. Vienen motivados porque aquí ganan mucho más que en su país y son buenos trabajadores”.

Antonio Walker subraya la relevancia de los trabajadores venezolanos, colombianos y peruanos, quienes encontraron en Chile el cumplimiento de buenas prácticas agrícolas en higiene y seguridad. También destaca las implementaciones orientadas a que el trabajador se sienta cómodo y seguro: lo relacionado con la alimentación, el derecho a saber, el cumplimiento de las fechas de pago, los sistemas para llevar el control del rendimiento y un nivel de profesionalismo que –afirma– otros países no tienen.

No obstante, es el incremento de la presencia boliviana lo que ha llamado la atención en el último año. Según datos de la SNA, hoy la mitad de los trabajadores del sector son inmigrantes, de los cuales cerca del 70% corresponde a ciudadanos del país altiplánico. Una estadística que supera ampliamente las cifras del SJM, y que se explica por los 92.000 bolivianos que ingresaron entre enero y septiembre de 2025, convirtiéndose de esta manera en la principal fuerza migrante del agro chileno.

“El trabajador boliviano es un trabajador agrícola, y se ha adaptado al trabajo agrícola chileno, no así el haitiano, por ejemplo. Hace 10 años llegó una cantidad muy importante de haitianos y se devolvieron, porque no se adaptaron ni al clima, ni a las condiciones laborales, ni a las prácticas del campo”, comenta Walker.

Para Ramaciotti, la dimensión cultural no es accesoria, pues muchos migrantes llegan con experiencia agrícola previa, pero “la palabra de un compatriota vale más que cualquier instructivo; la integración ocurre primero entre ellos y luego en la empresa”.

Además, para muchos extranjeros el español técnico del agro chileno, con palabras como “raleo”, “cuaja”, “pique”, “descartes” y “malla sombra”, es un idioma nuevo. En el caso de los haitianos, la barrera lingüística se duplica y, cuando el lenguaje no fluye, la capacitación se vuelve más lenta, los errores aumentan y la integración social se resiente.

“La solución más seria y responsable es un proceso de formalización para quienes acrediten vínculo laboral o familiar y tengan antecedentes intachables” — ANTONIO WALKER, PRESIDENTE SNA

“En el turno somos varias haitianas y nos ayudamos entre todas. Si una no entiende algo, otra se lo explica. Hay palabras difíciles, pero con paciencia lo logramos. Aquí he aprendido un trabajo que nunca había hecho”, dice Marie, quien ya suma dos temporadas viajando.

Esa misma lógica comunitaria también se replica online. En grupos de Facebook como “Trabajo de Temporada Chile (Agrícola y Packing)”, “Migrantes en Chile – Trabajo y Datos Útiles” y “Oferta Laboral Agrícola Chile”, miles de trabajadores coordinan cada semana empleo estacional, alojamiento, transporte y dudas sobre documentos “en trámite”. Allí predominan las ofertas por faena, recomendaciones entre compatriotas y avisos publicados por contratistas de distintas regiones.

En cuanto a rendimiento, Allendes reconoce que “a veces la productividad ha sido un problema cuando se compara con un chileno; pero como no hay chilenos en la cantidad necesaria, finalmente termina resultando más caro o menos productivo. Por eso, la práctica es entregarles capacitación a su ingreso”, explica. La Encuesta de Mano de Obra de Fedefruta (2023) releva este último punto: las empresas que cuentan con programas de inclusión y capacitación registran entre 10% y 15% más de productividad, menor ausentismo y mayor continuidad, especialmente en cosecha y packing.

EL VACÍO REGULATORIO: UNA LEY QUE NO VE LA TEMPORALIDAD

El debate nacional en torno a la migración suele centrarse en la seguridad pública, sin embargo, en la fruticultura la problemática es formalizar la migración y adecuarla a la estacionalidad agrícola.

La Ley N° 21.325 de Migraciones (2022), incorporó un permiso de trabajo de temporada, cuya autorización se debe gestionar antes de ingresar al país y dentro de plazos fijos, condiciones que no se ajustan a los ciclos productivos. En paralelo, aunque el Acuerdo de Residencia del Mercosur (2008) permite a ciudadanos de países vecinos acceder a residencia temporal en Chile, ese mecanismo tampoco parece responder a la necesidad de contrataciones breves propias de la cosecha.

En esa línea, Ramaciotti comenta que el diseño actual no conversa con la estacionalidad del agro y termina generando fricciones en el proceso de contratación. “En la práctica esos visados no se usan porque sus plazos no calzan con la dinámica real del agro. Eso empuja a los trabajadores a ciclos de irregularidad y a depender de intermediarios poco regulados. La cadena de subcontratación sigue siendo el punto ciego del sistema, pues allí se concentran los abusos y la fiscalización es más débil. Se necesita una política integral que articule autoridades laborales y migratorias, con estándares mínimos en transporte, alojamiento y formalización”.

Para Allendes, por su parte, el problema es especialmente crítico con los trabajadores bolivianos. “La visa de trabajo temporal no es fácil de sacar para alguien que vive en distintos pueblos de Bolivia”. Y propone una solución directa: “Debería existir una visa que se otorgue al ingreso por un paso fronterizo. Lo único que deberían traer es su documento y un certificado de antecedentes”.

En el primer semestre de 2025, la comunidad boliviana pasó a encabezar la obtención de visas laborales en nuestro país, con más de 70 mil permisos, impulsada justamente por la gratuidad actual y los acuerdos bilaterales.

Para expertos en migración, esto confirma que cuando se facilita la regularización y se coordinan políticas entre países, disminuye la irregularidad, se protege a los trabajadores y se responde con mayor precisión a las necesidades reales del mercado laboral.

Desde el mundo gremial, Antonio Walker plantea un camino pragmático. “Nosotros queremos inmigrantes que vengan a trabajar con visa de trabajo, formalmente. Esa es nuestra aspiración. Nosotros no podemos caer en la informalidad. Pero, ¿qué hacemos con los trabajadores que ya están Chile?, ¿cuántos inmigrantes hay en Chile?, ¿dos millones de personas?, ¿cuántos chilenos salieron al mundo a trabajar?, ¿un millón y medio? Eso es el mundo globalizado. Así como han entrado inmigrantes a trabajar, han salido chilenos a trabajar al mundo”. De esa forma, la SNA ha instalado un matiz conceptual. Más que hablar de “regularización”, el foco debiera estar en la “formalización” de quienes ya están trabajando. “La solución más seria y responsable para abordar a quienes están en situación irregular es un proceso de formalización para quienes acrediten vínculo laboral o familiar y tengan antecedentes intachables”, complementa su presidente.

“Mientras no exista un marco que reconozca la realidad estacional del agro habrá espacio para la informalidad y la vulnerabilidad” — JUAN PABLO RAMACIOTTI, DIRECTOR CENTRO DE POLÍTICAS MIGRATORIAS

UN ESCENARIO POLÍTICO EN MOVIMIENTO

Frente al tema, las definiciones políticas serán clave. El Presidente electo José Antonio Kast ha anunciado medidas para reforzar el control fronterizo, acelerar los procesos de expulsión que correspondan y terminar con la llamada “visa en trámite”, certificado que hoy permite a las personas permanecer y trabajar mientras esperan la resolución de su solicitud migratoria.

Según Antonio Walker, “el resguardo de las fronteras es fundamental, y no podemos tener más inmigrantes irregulares, pero hay que separar la paja del trigo. Hay inmigrantes que cuidan a adultos mayores, que trabajan en casas particulares, en estaciones de servicio, en restoranes y en la agricultura. Gente que ha venido a ser un aporte, gente buena. Y algunos no están con sus papeles al día. ¿Qué hacemos con ellos?, esa es la pregunta”.

Todo indica que después del 11 de marzo se deberá compatibilizar la agenda de seguridad con la realidad productiva de la industria frutícola.

“Yo invito a las autoridades al debate, porque la SNA tampoco tiene la solución, pero abordémoslo de forma seria. Cuando yo planteé esto, causó mucha polémica, prácticamente el único que me apoyó fue el cardenal (Fernando) Chomalí, pero los parlamentarios y presidenciables que estaban en campaña no nos apoyaron porque es poco popular (…) Porque la gente asocia al inmigrante con el delincuente (…) pero bueno, uno tiene que ser valiente, responsable y hacerse cargo de las realidades. Hay mucho N.N. No sabemos quién está en Chile, no tenemos su carnet de identidad, sus huellas dactilares, un registro facial. Desde el punto de vista de seguridad estamos en el peor de los mundos”, dice Walker.

Juan Pablo Ramaciotti refuerza la dimensión técnica: “Mientras no exista un marco que reconozca la realidad estacional del agro, habrá espacio para la informalidad y la vulnerabilidad”.

La fruticultura chilena está en un punto de inflexión. La migración no es un fenómeno pasajero, sino un componente estructural del modelo exportador a nivel mundial. El desafío de 2026 será reconocerlo y regularlo de forma moderna, eficiente y humana, para sostener la competitividad de Chile en los próximos años.

Ajeno a ese debate, Daniel termina su turno en los campos de arándanos que aprendió a conocer hace cuatro años, cuando llegó desde Bolivia. “Uno trabaja con las manos, pero lo que uno trae es esperanza. Si el próximo año puedo volver, para mí ya es suficiente”, dice mientras deja la última bandeja en la fila.

En Rengo, Marie guarda su tijera, se cuelga la mochila y se despide de sus compañeras. “Yo solo quiero trabajar tranquila, mandar algo a mi hijo en Haití y volver cada temporada”, comenta antes de subir al furgón que la lleva de regreso al alojamiento.

Entre decisiones políticas aún pendientes y cosechas que no se detienen, las voces de trabajadores migrantes continúan sumándose a la vida agrícola del país, aportando prácticas, culturas y miradas diversas.

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