Para que una cereza chilena o un arándano peruano lleguen en condiciones óptimas a un supermercado norteamericano, europeo o asiático, el empaque es tan importante como el riego, la poda o la cosecha. El envase es frontera, escudo, atmósfera controlada. También es narrador: comunica origen, compromiso con el medioambiente, estándares sanitarios. Y, en los hechos, puede marcar la diferencia entre una venta exitosa o una devolución costosa.
San Jorge Packaging lo sabe de sobra. Con más de 60 años de historia, esta empresa familiar se ha consolidado como un actor clave en la industria del packaging para fruta fresca de exportación. Desde su casa matriz en Chile, y con presencia creciente a nivel global, ha construido una reputación basada en tres pilares: innovación tecnológica, transparencia con el cliente y soluciones ajustadas a las exigencias logísticas del comercio internacional. Hoy, esa historia entra en una nueva etapa: la cuarta generación familiar comienza a incorporarse a la gestión, en un proceso que combina experiencia y renovación. “El desafío no es solo dar continuidad, sino también acelerar los cambios que el mercado nos exige”, comenta Daniel Olivares, el joven gerente de operaciones de la empresa. Entre esos cambios está la incorporación de nuevos materiales, la adaptación a regulaciones ambientales más exigentes y la presión por reducir la huella de carbono en cada eslabón de la cadena.
IMPACTO “ZERO”
Una de las claves que ha consolidado a San Jorge Packaging como referente en la industria de envases para fruta fresca, ha sido su capacidad para adaptar tecnologías de vanguardia a las particularidades del contexto sudamericano. Si bien la atmósfera modificada (MAP, por sus siglas en inglés) no es una tecnología nueva —sus primeros desarrollos datan de la década de los 60—, su aplicación efectiva en las condiciones locales ha requerido investigación, pruebas y desarrollo propio. “La tecnología existe desde hace décadas, pero las especies y variedades frutales cultivadas en el hemisferio norte no son exactamente las mismas que se producen acá. Eso implica que las necesidades de conservación, respiración y evolución de la fruta cambian, y nosotros debemos ser capaces de ofrecer soluciones a la medida de cada cliente”, explica Dieter Olivares, CEO de la empresa y padre de Daniel.
Esa visión ha llevado a San Jorge Packaging, desde inicios de los años 2000, a diseñar soluciones específicas para un amplio abanico de especies frutales producidas en Sudamérica: desde cerezas y arándanos, que exigen precisión milimétrica en la conservación del color y la firmeza, hasta frutas emergentes como la granada o la gulupa, con dinámicas poscosecha menos estudiadas.
Este trabajo no sería posible sin un equipo técnico altamente especializado, compuesto por agrónomos y expertos en fisiología vegetal, que monitorean el comportamiento de cada fruta bajo distintos regímenes de empaque y condiciones logísticas.
Además, la empresa ha tejido alianzas estratégicas con universidades y centros tecnológicos, lo que le permite incorporar nuevas metodologías de análisis, contrastar hipótesis con evidencia científica y ajustar sus soluciones en base a resultados concretos. Esta sinergia entre ciencia aplicada y conocimiento del terreno es parte esencial del ADN de San Jorge Packaging, y uno de los atributos más valorados por sus clientes exportadores, que no solo buscan envases, sino garantías.
Crystal Zero es su más reciente desarrollo en su compromiso por conjugar desempeño técnico con responsabilidad ambiental. Este innovador envase destaca por la alta visibilidad que le otorga al producto y su excelente rendimiento en condiciones exigentes de poscosecha y transporte. Pero quizás su atributo más distintivo es su huella ambiental reducida: al llegar a las instalaciones del cliente, su impacto en CO2 equivalente es cero, gracias a un proceso de compensación cuidadosamente diseñado, y en el cual se han utilizando materias primas de origen renovable.
Según explica Daniel Olivares, Crystal Zero permite a los exportadores disminuir en un 4,8% su impacto de carbono. “El empaque está cada vez más bajo el escrutinio ambiental, y por eso estamos enfocados en ecodiseñar, equilibrando sustentabilidad, funcionalidad y costo. Somos la primera empresa de conversión de polímeros en Chile en medir el impacto ambiental de su actividad (desde la selección de la materia prima hasta la entrega en la bodega del cliente), lo que refuerza nuestro compromiso con la sostenibilidad de la industria y el futuro del planeta”.
ALIADO ESTRATÉGICO
Chile y Perú han logrado posicionarse como líderes globales en la exportación de fruta fresca, un estatus que se debe refrendar en cada nueva campaña. El consumidor global cambia rápido. Pide más información, más seguridad, más sostenibilidad. Y el packaging juega un rol estratégico en responder a esas demandas.
Conscientes del vertiginoso crecimiento que ha vivido la fruticultura de exportación en Sudamérica durante las últimas dos décadas, San Jorge Packaging ha invertido sistemáticamente en infraestructura, tecnología y capital humano para acompañar ese desarrollo. La empresa ha ampliado su capacidad productiva, modernizado sus plantas con equipos de última generación y fortalecido su red de soporte técnico en terreno, todo con el objetivo de responder de manera ágil y eficaz a la creciente demanda de soluciones de empaque especializadas. Esta visión proactiva no solo le ha permitido estar a la altura de los volúmenes crecientes y de la diversificación de especies, sino también anticiparse a las nuevas exigencias del comercio internacional.
“Un buen empaque puede evitar el desperdicio de toneladas de fruta, mejorar la eficiencia en destino y reforzar la imagen país”, apunta Dieter. “En SJP ya estamos pensando en el envase del futuro, un envase 4.0 inteligente, que además de ser 100% sustentable, te pueda hablar, es decir, aportar información clave a los consumidores y a los diversos agentes de la cadena”, complementa Daniel.
Para la nueva generación, el reto es claro: sostener la calidad que ha dado prestigio a San Jorge Packaging y, al mismo tiempo, empujar los cambios que aseguren su liderazgo en los próximos 60 años. La fruta seguirá viajando. Y el empaque deberá estar a la altura de la travesía.